Britten y John Dowland (I)

Tras dedicarle la última entrada al disco laberíntico de Sting, y aún desde Inglaterra, me lanzo con un gran compositor que despuntó cada vez que se inspiraba en el siempre doliente Dowland: me refiero, por supuesto, al controvertido Benjamin Britten.

Dejaré para otro momento la celebérrima Lachrymae, a la sazón subtitulada como Reflections on a song of Dowland. Prefiero antes destacar su Nocturnal de 1963, basado en Come, heavy sleep, que podéis escuchar aquí, canción catártica de los insomnes (lean la letra en este enlace).

Sí, Sting de nuevo, no me resistí. En la obra de Britten, que pasa por ser una de las más importantes composiciones para guitarra sola de todo el siglo XX, la cita solo aparece completa hacia el final:

Hermosa transcripción, ¿verdad? La toca Julian Bream, que es para quien la escribió Britten. Pues ahora bien, busquen veinte minutos tranquilos, si puede ser de noche, si puede ser con cascos, si puede ser con insomnio. Escuchen de nuevo a Sting, si varias veces, mejor. Y después denle al play al siguiente vídeo: comprobarán entonces que todos los movimientos previos al último se dedican sutilmente a preparar la llegada del Come, heavy sleep…  

Más frecuente es exponer un tema y luego jugar con él, descomponerlo; eso serían unas variaciones al uso. Pero lo que hace Britten es, al contrario, recomponer la música del laudista, desde una simbólica guitarra, y tan poco a poco que ni nos damos cuenta. De hecho, el comienzo suena claramente a vanguardia de los sesenta, pero el final, precedido por el familiar ostinato de un pasacalle, ya no nos parecerá una buena pero simple transcripción, sino parte igualitaria de una alucinante fusión de lenguajes musicales. Que la apariencia sea tan frágil, por no deciretérea, no debe hacernos olvidar la magistral solidez de la técnica compositiva que hay de por medio. 

Por cierto que la versión completa era de Paul Galbraith, como podréis haber podido comprobar. Lo he escogido por su fluidez tan expresiva y por su cristalina pulsación. Atentos, quienes no le conozcan, al heterodoxo cacaharro con el que sostiene su instrumento, de ocho cuerdas.

Si queréis más información del Nocturnal, os recomiendo esta entrada de José Manuel Expósito.

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El Sting de John Dowland

En mi última entrada nombré el delicadísimo acercamiento de Sting a la música de Purcell. Pues bien, sería imperdonable no citar enseguida su acercamiento más famoso a músicas de otras épocas: me refiero, por supuesto, al disco Songs from the Labyrinth, basado en las canciones del también inglés John Dowland.


¿Es cosa mía o Sting se está tomando ya demasiado en serio lo de emular a Dowland?

¿Quién iba a imaginar que aquel con quien de jóvenes gritábamos Roxanne o So Lonely acabaría por acercarse al Renacimiento Isabelino? Pues lo hace de maravilla:

Cuando se le critica desde el purismo, más de uno debería preguntarse si acaso es más auténtica la forzada impostación vocal de intérpretes de apariencia más solemne. Sting no ha inventado lo de la naturalidad en el canto para la música antigua —que el Orfeo de Monteverdi no se escribió para sonar en teatros de ópera gigantescos—, y muchos de los de apariencia solemne ya se han dado cuenta.

Ahora bien, el mérito de Sting es que lo hace sin complejos. Hacia Dowland partiendo desde la música pop, no hacia el pop desde la música antigua. Igual se pasa, pero desde luego no se le puede acusar de quedarse corto. Y llega un momento en que dejas de dar tanta importancia a si el compositor sonaría más así o más asá; la cuestión es que esto es de una frescura apabullante.

La siguiente pieza resalta como ninguna otra la visión del propio Sting acerca del carácter tan vigente aún del estilo de Dowland. Imaginen que en vez de dos laúdes fueses dos guitarras acústicas, añádanle solamente un bajo eléctrico y una batería… ¿no está esto más cerca de las canciones del propio Sting que de Wagner o de Beethoven?

Me despido ya, no sin antes resaltar el buen gusto de poner en el videoclip un ejemplo de las famosas partituras de mesa; ya saben, impresas para poder ser leídas por los cuatro clones de Sting, de moda en los tiempos en los que las fotocopias quedaban aún muy lejos.

Cool Handel

Paolo Fresu es una especie de Miles Davis o Chet Baker italiano. Observad qué bien queda en su trompeta la sobriedad de líneas del Lascia Ch´io Pianga (Deja que llore) de Handel. Es evidente que aquello de la frialdad expresiva del Cool Jazz, tan mentada, merece siempre más de una aclaración al respecto. Tarde o temprano volveremos a Fresu, amante del Barroco, de los nuestros. Por lo pronto, hay que señalar que tiene otra versión del aria de Rinaldo con el mismísimo Uri Caine, y en directo; pero, sinceramente, prefería destacar la realizada en estudio, más redonda.